dilluns, juny 29, 2009

Sonia en el despacho de la codicia I.

Cuando se despertó, aquel primer día de trabajo entre los peces gordos, cogió del viejo armario un pantalón beige, que le había ayudado a elegir su madre la tarde anterior. Estaba nerviosa y casi no había dormido nada. Por fin, su suerte había cambiado.
Oyó como padre dormía en la otra habitación. Se acercó y lo besó suavemente. Él sonrió y le susurro: «suerte». Eran las seis de la mañana y ninguno no pudo dormir nada más ese día.
Dentro del edificio de la compañía, todo el mundo iba con trajes y vestidos caros, olía bien. Los jóvenes se invitaban a cigarrillos, cafés y copas, a veces. Sonia, nada más llegar, habló de nuevo con su jefe. Había superado dos entrevistas antes. Miró el reloj, eran las nueve, y pensó que su padre estaría comenzando a dar de mamar a los lechones y se sintió triste e insegura.
Al verlo en el despacho de las ventanas, tuvo la misma sensación, que le volvió a sacudir las entrañas, de los últimos encuentros. Era un tipo asqueroso sin necesidad de hacer nada. Pero cuando abría la boca tan seguro de sí mismo casi lo disimulaba. Casi… Si no hubiese sido por sus manos extrañamente blancas y peludas, por sus hombros torcidos y desiguales, por sus ojos de rata, por el pitido de la garganta al hablar.
No se puede tener todo en esta vida y él ya tenía un sueldo de narices, pero era asqueroso y feo de cojones. Con el tiempo, a Sonia ese tono rimbombante y grave, casi femenino, pero solemne y florido, le pareció entre cómico y repugnante, como una mala broma de la vida. Sin embargo ya era tarde y ya no podía olvidarlo.
Una vez le susurró que había ganado un concurso de poesías. Sonia miró a lo lejos y su estómago se retorció. Su jefe tenía un despacho con ventanas enormes. Se ponía de pie, abriendo las piernas y tocándose los cojones cuando los trabajadores se manifestaban delante de la compañía. Parecía Hugo Sánchez. Le gustaba hacerlo, tocarse.
A Sonia, en algunas otras ocasiones, le aparecía en la mente su padre con un arado, sudando, tal y como lo veía de pequeña desde el patio de casa. Y las gotas frías y puras caían al suelo. Ella, entonces, miraba el pantalón desgastado, que un día compró con su madre, sintiendo nostalgia de los días de verano y de la pureza. Padeciendo extrañeza del espacio ingenuo y alejado del mal y la hipocresía. Pero durante los primeros días sonrió y eso jamás se lo perdonó.

1 comentaris:

Agrippa Gerundensis ha dit...

Introspectivo como siempre, un beso Sonia...

 
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