dimarts, juny 30, 2009

En la última fila de la clase.

Miki tenía quince años y estaba harto del profesor de inglés. Era un gordo cabrón. Miraba el culo de las tías siempre que podía y cuando hablaba no se le entendía una puta mierda. Seguro que le volvería a suspender, pero ya le daba igual. Todo le importaba una puta mierda y estaba hasta los cojones. Empezó a hablar con Susana. Oh, Susana.
- Oh, Susana, no llores más por mí…
- Tu madre sí que se parece a una baca.
- No te enfades, anda, que no lo digo porque estés gorda. Sabes que estás buenísima. Lo digo porque tus pechos darían mejor leche que cualquier baca del campo.
- Tu puta madre.
- In the street, me pones el nabo grande como Madrid –dijo Miki gritando. Y el profesor se molestó.
- ¿Tú desayunas cocacola o coca sola?
- Coca y cola.
- Anda, lárgate antes que te dé una patada en el culo.
- Tú, ¿y cuántos más?
El profesor de inglés tragó saliva y se tuvo que comer sus palabras. Le faltó valor para cumplir su promesa. Fuera, Miki vio un sol muy amarillo y la calle desolada y arrasada por el calor.
Se fue a fumar porros con los de tercero, que estaban detrás de la pista de baloncesto. Estaban los hermano Martínez y Vicky.
- ¿Qué hacéis?
- ¿Estás ciego? – y Vicky le acercó un porro y una cerveza fría. Tenían un bidón con hielo. La lata tenía pequeñas gotas refrescantes. Miki la chupó con ganas.
- ¿Por qué no estás en clase?
- Me han expulsado.
- ¿Por masturbarte en clase?
- ¿Qué dices? ¡Gilipollas!
- Le gusta tocarse y meterse la mano dentro del pantalón –anunciaba el mayor de los Martínez.
- Fumas demasiados porros –le recriminó el menor.
- Te metes heroína, imbécil –dijo Miki para hacerlo callar.
- Es cierto, le gusta tocarse –continuó insistiendo el mayor de los Martínez–. Le mola ponerse en la última fila y dale con la zambomba. Dale, dale, dale, zambomba, sí, zambomba, sí, dale y dale. –gritaba como un loco.
Vicky estaba muerta de risa y se meó encima. Se fue a casa a cambiarse con la moto. Los hermanos Martínez y Miki se descojonaron. Mejor que no volviese hasta que se les hubiese olvidado el episodio amarillo.
Llegó la hora del recreo y salieron todos al patio. Robin, musculado y grande, se acercó a Miky y le dio un puñetazo. «No te vuelvas a meter con Su», le advirtió. «Tú y tu madre en biquini», contestó Miki. Robin le volvió a dar, esta vez un puntapié. Miki sintió mucho dolor y se compadeció. Lloró y las lágrimas eran frías.
Estaba harto de todo y hasta los cojones del profesor de inglés. Puto gordo cabrón. Fue al coche negro del profesor y le rompió los espejos laterales. Luego, se alejó del instituto con la camisa llena de sangre y los ojos hinchados de llorar. Hacía mucho calor. A lo lejos, vio a Susana y Robin sentados encima de un muro. Estaban muy juntos. Miki se imaginó que Su le daba de comer de sus pezones y salía un líquido blanco y espeso y prodigioso.
Se largó, porqué le dio rabia, y se durmió debajo de un árbol. Soñó que era él quien podía beber de Su. Y, entonces, su leche le volvía más fuerte y ágil. Podía correr como Bolt y saltar edificios medianos. Era un líquido especial como el de la marmita de los galos.
Se despertó. Era tarde y decidió regresar a clase. Ya no había casi nadie en el aula. Todo el mundo se largaba la tarde del viernes. Se sentó en la última fila y, triste, empezó a tocarse, pensando en Su. Al terminar, se sintió satisfecho de la vida en general.

2 comentaris:

JouMcQueen ha dit...

A Miki, le haria falta una novia como Sonia. Y a Sonia, un novio con ganas de que juntos, tocaran la zambomba. Qué so(u)ciedad.

Alfons ha dit...

Celestino... ¡Anticelestino! ¡Qué paradojas!

 
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